Si nacemos confiados, ¿qué nos hace cambiar?


jose maria gasalla gestion por confianza

De la confianza innata a la desconfianza aprendida (II)

No obstante, es deseo de la naturaleza que seamos seres autónomos y eso implica darnos cuenta de que somos individuos con necesidades, voluntades y motivaciones propias, y a menudo distintas de las de los demás, cuando no opuestas. Al principio percibimos que ya no somos nuestra madre. Ella nos deja solos en la cuna, en ocasiones tarda un rato en responder a nuestra llamada e incluso parece, a veces, que no quiera darnos lo que deseamos.

¡Pero no somos bobos! Nuestra percepción se agudiza y a partir de las respuestas que obtenemos de nuestra relación emocional con ella empezamos a «entender» el mundo.

La sonrisa, las palabras cariñosas y las caricias maternas nos hacen sentir bien, y pronto asociamos las manifestaciones de afecto y la receptividad con la confianza. Gradualmente, aquella confianza instintiva con la que nacemos se sofistica, respondemos con ella a distintos estímulos y la ponemos a prueba con otras personas. Aprendemos a confiar en aquellos a quienes gustamos, en quienes se muestran abiertos a nosotros; es un fenómeno emocional, basado en la empatía, en las sensaciones y los sentimientos. ¿Y cuando la persona que se nos acerca no nos parece amistosa, tiene una cara desagradable o una actitud extraña? De ninguna manera nos acercamos a ella, y mejor será que no insista, porque entonces nos echamos a llorar o nos alejamos corriendo. Es el germen de la desconfianza que surge en nosotros.

Sería estupendo que el mundo fuera tan sencillo: confiar en las personas afectuosas, desconfiar de las malhumoradas… Aunque, en realidad, las cosas son mucho más complejas. A veces, aquellos en quienes confiamos se muestran indiferentes o irritados, nos niegan lo que queremos, no actúan según nuestra voluntad. ¡Y eso nos confunde tanto! Por supuesto, somos muy astutos y desarrollamos estrategias para conseguir lo que deseamos, ya sea atención, afecto u objetos. Mediante la relación con las personas que nos son más cercanas desarrollamos un conjunto de comportamientos que generan los resultados deseados.

Empezamos a construir así nuestra personalidad, y a percibir que para cubrir nuestras necesidades y obtener lo que deseamos no basta con confiar, es preciso también que los demás confíen en nosotros.

A medida que crecemos entendemos cada vez mejor que la confianza no sólo tiene que ver con nuestros instintos y sentimientos, también están implicadas nuestra actitud hacia los demás y la actitud de los demás hacia nosotros.

Comprendemos que la confianza se gana, se inspira y se construye según una base de intereses y objetivos comunes, de una afinidad de valores, desde el respeto y la consideración. Es la confianza basada en la razón.

Bonita trayectoria, ¿verdad? En teoría, el sentido de confianza se desarrolla así, aunque en la práctica este proceso es mucho más complicado. Dependiendo de las influencias que recibamos, de las experiencias que vivamos y de las conclusiones que saquemos de ellas, seremos más o menos confiados, más o menos desconfiados, más o menos resolutivos con relación a nosotros mismos, a los demás y a la vida. En términos generales se puede afirmar que guardamos la confianza para aquellas pocas personas que conocemos bien y desconfiamos de todas las demás. Pero si nacemos confiados, ¿qué nos hace cambiar?

(fragmento del Capítulo 2 del libro ‘Confianza, la clave para el éxito personal y empresarial‘, de José María Gasalla)

Continuará…

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