Proyecta confianza (II)


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Observa que la confianza es como un juego de espejos. Se trata de proyectar la confianza que tenemos en nosotros para ser capaces de ver a los demás como personas dignas de confianza. La experiencia de Antonio Carlos Brasiliense Carneiro, administrador de empresa que en la actualidad se dedica al desarrollo humano, nos muestra cómo funciona:

Cuando tenía veintidós años me embarqué como tripulante en una travesía con un velero. De Ilhabela al Caribe, bordeando la costa brasileña, éramos siete tripulantes; del Caribe a África y de vuelta a Brasil, sólo cuatro. Convivir con otros jóvenes en un barco de doce metros de eslora fue una experiencia muy intensa, y a lo largo de aquel año de viaje desarrollamos un espíritu de equipo muy fuerte.

Sin confianza aquella aventura no hubiera sido posible. Primero, la confianza de nuestros padres, que nos dejaron embarcar, a pesar de que éramos jóvenes entre los diecinueve y los veintitrés años de edad. Después, la confianza del propietario del velero, que nos lo cedió. Y, finalmente, la confianza entre nosotros, los tripulantes, que fue creciendo con la experiencia de planear y hacer las cosas juntos.

Durante los seis meses previos a la partida recibimos formación de un navegante experto y de médicos que habían participado en cruceros de este tipo. La estrategia del grupo preveía que en algún momento los tripulantes pudieran realizar todas las tareas, pero al comienzo del viaje cada uno tenía funciones específicas, según sus conocimientos. Yo, por ejemplo, que no tenía demasiada experiencia en navegación, me encargué de cuidar de la salud de mis compañeros y de la logística de la alimentación. Trabajábamos siempre en pareja, para que uno aprendiera del otro y lo ayudara, hasta que el equipo maduró; en ese momento cada uno de nosotros estaba en condiciones de llevar el barco solo, pues durante la noche hacíamos relevos en turnos de tres horas para que todos pudiéramos dormir.

No fue un proceso tan lineal como describo, también hubo momentos difíciles. Después de pasar por Fortaleza la tripulación se dividió. Tres querían dirigirse hacia la isla del Diablo, en la Guayana Francesa; otros tres querían ir directamente al Caribe, y al último le daba igual. Al final decidimos poner rumbo a la Guayana, pero, con todo, quienes habían insistido en hacer este trayecto desconfiaban de los otros tres, los que querían seguir hacia el Caribe, y temían que durante la noche cambiaran el rumbo. Yo mismo me desperté algunas veces de madrugada sólo para comprobar si el compañero que manejaba el timón seguía la dirección correcta. Hubo momentos de duda, de preguntarse si el otro haría finalmente lo que se había acordado. Los tres que abandonaron el barco se sentían demasiado incómodos para continuar.

Después de todas estas experiencias fuimos capaces de generar la confianza suficiente para poner el barco en manos del otro y también para cuestionarlo cuando era necesario. Si yo no estaba seguro del rumbo que seguía mi compañero durante la noche, por ejemplo, tenía libertad para expresarle mi preocupación. Él, por su parte, asumía mi inquietud con naturalidad, discutíamos la situación y llegábamos a un consenso. Llegamos a un punto en que la integración y la confianza eran tales que no nos hacía falta ni hablar, simplemente sabíamos lo que cada uno tenía que hacer.

No me cabe duda de que la confianza es un elemento fundamental en cualquier relación, y eso implica tener una postura de honestidad, aceptar al otro tal como es y ser receptivo. Aquel viaje en barco, hace veinte años, significó una nueva referencia del trabajo en equipo para mí.

Es innegable que en la vivencia relatada por Antonio Carlos los siete amigos ya tenían cierta confianza en sí mismos y en los demás cuando iniciaron su aventura, pues de otro modo siquiera hubieran levantado anclas. Pero esa confianza sufrió duras pruebas y tuvo que ser desarrollada, y no todos lo consiguieron, tanto es así que algunos dejaron el barco.

Veo esta historia como una metáfora de la vida, porque también en la vida nuestra confianza es puesta a prueba, pasa por crisis, hace frente a tempestades. Pero si queremos llegar al final del viaje tenemos que confiar en nosotros mismos y en aquellos que están en el mismo barco. Solos no llegaremos a ninguna parte.

Destacaría otro aspecto en este «viaje», el de inspirar a los demás para que confíen en nosotros, y aquí encaja la hermosa historia de Fidias Siqueira, psicólogo del Projeto Fica Vivo (Proyecto sigue vivo), del gobierno del Estado brasileño de Minas Gerais.

Nuestros programas están dirigidos a los jóvenes de las zonas más violentas de la ciudad de Belo Horizonte y del interior de Minas Gerais. Estos jóvenes se relacionan con grupos de traficantes, entre los cuales hay mucha rivalidad, y los homicidios son frecuentes. Es una vida de desconfianza y de constante presión, una vida generalmente corta. Ellos mismos asumen que no vivirán más allá de los dieciocho, y que ‘si vives más, es como una propina’, dicen. La propuesta del proyecto Fica Vivo, así pues, es mostrarles otra posibilidad de vida. Una de las vertientes del proyecto es lo que llamamos ‘protección social’, que ofrece talleres de deportes y cultura, así como cursos de generación de renta. Ponemos al frente de esos locales a profesionales de su comunidad, para favorecer que los jóvenes acudan.

Uno de los casos en que el proyecto funcionó es el de Julio, de veintitrés años de edad, ex líder de un grupo de traficantes. Algunos chavales de su pandilla vinieron a vernos para que los ayudáramos a encontrar un lugar donde jugar a la pelota. Conseguimos en préstamo una casa en la comunidad que tenía un campo e instalamos allí un taller de fútbol.

Al principio Julio sólo aparecía para jugar a la pelota. Empezó a mandar chicos de su grupo para el local, hasta que decidió participar él también. Tenía una gran capacidad de liderazgo y era temido, pero quería acercarse a los demás y poco a poco empezó a cambiar su comportamiento. Pronto oímos a la gente de la comunidad decir cosas como que ‘Julio lo ha dejado, ya no trapichea’, es decir, que ya no traficaba con drogas. Le hicimos una propuesta para que ayudara en el taller y participara en un proyecto de formación de líderes comunitarios, y así fue cómo se inició como auxiliar en los talleres.

Un día, la madre de un muchacho vino a verme y me dijo: ‘Quería que supieras que mi hijo está yendo a casa de Julio para entretenerse con sus videojuegos’. Supuse que me diría que no le gustaba, pero añadió: ‘Me parece estupendo que Julio esté cambiando y sólo pido que no deje que mi hijo se quedé allí hasta tarde’. Quedé sorprendido y muy contento.

En una entrevista para un periódico, Julio dijo que la diferencia que el proyecto significó en su vida fue devolverle la confianza en sí mismo. Estos son los efectos que estamos produciendo con el programa, y es muy gratificante.

Confiar en sí mismo, proyectar confianza, confiar en el otro. Esta es la espiral que puede transformar el caótico mundo en el que vivimos.

Confiar sólo en ti no basta, porque la confianza es una calle de dos sentidos. Confiamos en el otro para que el otro confíe en nosotros, y de la confianza recíproca surge el compromiso.

Confianza y compromiso se complementan, no se da lo uno sin lo otro.

Confianza es lo femenino, es entrega; compromiso es lo masculino, es acción.

Confianza es sentimiento; compromiso es actitud.

El otro inspira confianza; yo expiro compromiso.

Compromiso y confianza, a fin de cuentas, conducen al amor, porque amar es respetar al otro. Otro que no tiene que ser perfecto, ni ser como somos nosotros. Sólo un legítimo otro.

(fragmento del Capítulo 3 del libro Confianza, la clave para el éxito personal y empresarial‘ de Gasalla y Leila Navarro)

Continuará…

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