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Reconocer los talentos

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Si buscamos la palabra ‘talento‘ en el diccionario encontraremos que significa ‘don, aptitud, habilidad innata’. Podemos también definirla como una inteligencia natural que no requiere, para utilizarla, un manual de instrucciones. Es una definición poco usual, tal vez divertida, pero que esconde detrás de esa gracia la paradoja del talento. No necesitamos un manual de instrucciones para utilizar algo que es natural en nosotros; al mismo tiempo, puesto que no disponemos de un manual de instrucciones, puede ocurrir simplemente que ignoremos que poseemos determinado talento.

Algunos de nosotros tenemos la suerte de identificar pronto los dones en la vida, porque contamos con la ayuda de personas de nuestro entorno que, en vez de señalarnos errores y dificultades, ven las habilidades y nos proporcionan refuerzos positivos. Cuando esto no ocurre, cuando no nos llega ese refuerzo, es muy posible alcanzar la edad adulta sin ese conocimiento fundamental con respecto a nosotros mismos. Para complicar aún más las cosas, solemos fijarnos en modelos de éxito y nos esforzamos en desarrollar sus talentos, de modo que los nuestros, a menudo, permanecen ocultos.

Hay incluso quien duda de que posea don alguno, pues por lo general asociamos talento con cualidades raras o excepcionales, aquéllas que sólo unos pocos disfrutan. La actriz galardonada, el cirujano plástico que hace milagros, el escritor de best-sellers, el cantante famoso, el arquitecto de gran renombre o el empresario millonario… ellos tienen talento. Haz una prueba: pídele a alguien que te cite a diez personas de talento que conozca y seguramente sólo te hablará de personajes famosos. Así que la gente se suele comparar con los talentos más destacados de su entorno (una vez más, modelos de éxito) y llegan a la siguiente conclusión: ‘¿Que si yo tengo talento? Ojalá tuviera alguno…’

Es una lástima que creamos estas distorsiones, porque todo ser humano posee talentos. La profesora a la que sus alumnos adoran, el pintor caprichoso, la cocinera creativa, el médico con quien todos quieren visitarse, el jardinero que da vitalidad a las plantas que cuida, el sacerdote que transmite esperanza a los fieles con sus sermones, el sastre cuyos trajes sientan bien… todos ellos gozan también de dones. Tal vez no sean famosos ni ricos, pero innegablemente son buenos en lo que hacen. Se sienten a gusto con lo que hacen. Confían en lo que hacen.

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Veo una estrecha relación entre el ejercicio del talento y la confianza en uno mismo. A fin de cuentas, si el don tiene que ver con tareas que realizamos con facilidad y con ganas, utilizarlo nos hace sentir seguros, dueños de la situación, confiados. Además, poner en práctica los talentos nos permite cumplir el propósito de vida, el proyecto que nuestra alma escoge y con el que cada uno nos comprometemos. Las tradiciones espiritualistas orientales dicen que todos tenemos un arma, una misión en este mundo, y cumplirla nos lleva a la realización y a la felicidad.*

La cuestión ahora es la siguiente: ¿Cómo se reconoce el talento? Leamos la historia de Silvio Celestino, asesor de empresas y coach.

Nunca olvidaré la sensación que sentí cuando vi por primera vez un robot de juguete. Aún era pequeño y estaba entusiasmado con la idea de ser científico o algo parecido. A medida que crecía me interesaba cada vez más por la tecnología. Mis padres valoraban mucho los estudios y eso me estimuló a ser un estudiante aplicado, que se esfuerza y se las arregla solo. Con sólo doce años conseguí programar un juego de naves espaciales en la calculadora científica HP de mi tío, algo que mi familia consideró una hazaña y a mí me proporcionó mucha confianza en mis habilidades. Por supuesto, seguí un curso técnico de electrónica y a los diecisiete años ya tenía un empleo como programador en una compañía de telecomunicaciones. Me consideraban un gran profesional, a pesar de mi corta edad. Más tarde trabajé en una empresa que se dedicaba a montar microordenadores, en la que tenía todas las posibilidades de seguir con mi profesión de programador y, posiblemente, de alcanzar un gran éxito.

Hubo un momento, no obstante, en que comencé a saturarme de códigos y me planteé probar algo nuevo. En aquella época estudiaba en la facultad de económicas y allí descubrí una nueva pasión, el marketing, y decidí que trabajaría en este campo. Con el apoyo de mis jefes, que tenían mucha confianza en mí, conseguí que me trasladaran al departamento comercial, lo más cerca del marketing. Las cosas evolucionaron de tal modo que conseguí establecerme como mayorista de productos informáticos y empecé a ganar mucho dinero. Fue entonces cuando estalló la ‘burbuja’ de la tecnología, con el cambio de milenio, y llegaron la crisis mundial de las empresas de telecomunicaciones e informática, los atentados de Estados Unidos… Así que el mercado se retrajo, mis clientes dejaron de comprar y tuve que cerrar el negocio. De repente me veía sin trabajo, lleno de deudas y enfermo (sufrí una embolia pulmonar, algo bastante grave). No sabía qué hacer.

En aquellos momentos busqué el apoyo de los amigos, y en una ocasión uno de ellos me dijo: ‘Silvio, tú serías un gran coach’. Yo no sabía qué era eso, así que lo investigué. Me sometí a un trabajo de coaching, que me ayudó mucho, y sentí que aquello me encajaba a la perfección. Decidí que en lo sucesivo sería un facilitador del desarrollo humano, que es la misión del coach. Pero no dejé de trabajar en marketing, que sigue siendo una pasión para mí, y me puse a asesorar empresas. Pronto me di cuenta de que podía integrar el conocimiento del coaching con el del marketing, y me especialicé en la línea del marketing personal.

A pesar de haber cambiado de rumbo profesional varias veces, no me arrepiento de nada de lo que he hecho. Cambié porque sentí que había completado un ciclo y había llegado el momento de dar un nuevo giro. Siempre me sentí a gusto en la profesión que ejercía y a la altura de los desafíos que iban surgiendo. Siempre tuve mucha confianza en mí mismo.

Lo que llama la atención en la trayectoria de Silvio es que supiera tan pronto lo que le gustaba, una pista que casi siempre conduce al descubrimiento del talento. La confirmación de que tenía un don para ser programador de ordenadores llegó cuando sorprendió a todos creando un juego en la calculadora científica y se sintió muy seguro de sus capacidades. En este aspecto, en realidad, fue muy importante recibir el refuerzo positivo de la familia. A partir de ese momento, Silvio entró en una espiral de autoconfianza, pues se sentía seguro como programador, era competente en su trabajo y obtenía buenos resultados, lo cual realimentaba la confianza en sí mismo.

Pero como los seres humanos generalmente tenemos más de un talento, Silvio pronto se sintió atraído por otras cosas. Podemos comprobar que, de nuevo, fue un feeling, un sentimiento, lo que lo llevó a descubrir un nuevo talento, el trabajo en ventas y marketing. Destaquemos también esa parte de su relato en la que explica que consiguió cambiar de departamento en su empresa porque gozaba de la confianza de sus jefes. Eso demuestra que el ejercicio del talento va de la mano con la competencia, y la competencia es uno de los atributos que generan confianza, como veremos en el siguiente capítulo.

Otro momento interesante de la trayectoria profesional de Silvio es aquél en que un amigo le dice: ‘Tú serías un gran coach’. No siempre somos capaces de reconocer nuestros propios talentos, simplemente porque no disponemos de referencias. Silvio desconocía que tenía talento para ser coach porque ni siquiera sabía qué hacían estos profesionales; pero el amigo, que sí lo era, fue capaz de reconocerlo. Esto es tan frecuente que hay personas que se especializan como caza talentos para el arte, los deportes o para trabajos específicos en las empresas, por ejemplo.

Son personas que pueden reconocer un don en otros que desconocen que lo tienen.

Por lo que cuenta, tal vez dé la impresión de que Silvio es una persona con suerte, un privilegiado por el destino. Pero a mi modo de ver se trata tan sólo de la trayectoria profesional de alguien que descubrió y puso en acción sus talentos y con ellos construyó las bases de la autoconfianza. Cuando confiamos en nosotros mismos, los desafíos nunca son desmesurados, no nos sentimos vulnerables ante los demás y nos resulta más fácil confiar en ellos. Y de este modo los demás confían en nosotros y la espiral positiva de la confianza se instala en nuestra vida.

¿Será esto tal vez lo que necesitas para tener más autoconfianza y poner en marcha tus talentos? Quizás ha llegado el momento de empezar a buscarlos. ¿En qué tienes una habilidad natural, qué te complace hacer? ¿Qué es lo que realmente te hace sentir bien? Presta atención, también, a lo que los demás digan de ti y de tus habilidades, a aquello que te pidan que hagas porque tú lo haces mejor que nadie.

* He dedicado un libro a este tema: Qual é o seu lugar no mundo (Cuál es tu lugar en el mundo), Editora Gente, São Paulo, 2004

(fragmento del Capítulo 3 del libro Confianza, la clave para el éxito personal y empresarial‘, de José María Gasalla y Leila Navarro)

Continuará…

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Fluir con la vida (I)

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Fui testigo de la lucha de mi madre para criar a nueve hijos y crecí con la creencia de que podemos, sí, vencer con honestidad, fe y esfuerzo. Mi primera experiencia como emprendedora fue a los quince años, cuando tuve que hacerme cargo con otras dos de mis hermanas de la panadería de la familia al morir mamá. Ya llevaba enferma algún tiempo y el negocio casi se va a pique, pero conseguimos levantarlo. Después lo dejé para seguir iniciativas propias y me fue muy bien. Reconozco en mí el talento para emprender.

En la década de 1990 tenía una agencia de líneas telefónicas y medio millón de dólares. Un amigo me propuso participar en un negocio de factoring y, entusiasmada con la posibilidad de nuevos beneficios, no me lo pensé dos veces: invertí todo lo que tenía. Poco después, la empresa sufrió un descalabro y perdí lo que había invertido. Fue un golpe tremendo, pero no me di tiempo ni para lamentarme. Tenía que trabajar para pagar el salario de mis empleados a final de mes. Por fortuna, en aquel momento la compañía telefónica Telesp me concedió las líneas de teléfono móvil que había comprado meses antes, y con la venta financiada de esas líneas comencé a trabajar con teléfonos celulares, que en aquella época iban muy buscados. Volví a ganar dinero y a salir del apuro. Poco después, mi ex socio en la empresa de factoring compensó parte de mis pérdidas con un terreno en zona industrial y empecé a levantar cabeza.

Años después compré un salón de belleza en un barrio rico de São Paulo y le pedí a una amiga que se asociara conmigo. Como en aquellos momentos tenía que resolver un tema judicial, puse el local a nombre de mi amiga. Levanté el negocio y, cuando ya funcionaba a las mil maravillas, decidí pasar a otra cosa. Pero todo iba a nombre de ella… Y otra vez, un disgusto. Aquello me afectó mucho y pasé un tiempo inactiva, pero volví a levantar cabeza y seguí adelante. Ya había caído y me había levantado otras veces, así que sabría recuperarme. Además, tenía mucha fe en Dios e intuía que algo aprendería de todo ello, aunque no supiera qué.

Busqué asesoramiento profesional y, con el tiempo, entendí la lección. Yo era demasiado impulsiva, tenía prisa por aprovechar las oportunidades y ‘hacer que las cosas ocurrieran’, y debía aprender a reflexionar y analizar las situaciones para evitar decisiones precipitadas. También me molestaba mucho exigir documentos y garantías a mis socios, porque no quería que pensaran que no confiaba en ellos. Claro que, en el mundo de los negocios, las sociedades tienen que tener normas y compromisos claros —al pan, pan, y al vino, vino—, todo formalizado y bendecido, por el bien de las dos partes.

A pesar de todo lo que me ha ocurrido no me siento maltratada por la vida. Comprendo que necesitaba estos desengaños para madurar y que, a pesar de todo, siempre surgirán nuevas oportunidades para recuperarme. Sigo confiando en mí misma y no he dejado de confiar en los demás, aunque sepa que ese, el de la confianza, es el punto débil de muchos. Además, estoy convencida de que cuando tenemos confianza en nosotros mismos y en la vida lo tenemos todo.

Este caso, narrado por la emprendedora Sindai Araújo, es un buen ejemplo de lo que denomino ‘fluir con la vida’.

(fragmento del Capítulo 3 del libro Confianza, la clave para el éxito personal y empresarial‘ de Gasalla y Leila Navarro)

Continuará…

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Proyecta confianza (II)

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Observa que la confianza es como un juego de espejos. Se trata de proyectar la confianza que tenemos en nosotros para ser capaces de ver a los demás como personas dignas de confianza. La experiencia de Antonio Carlos Brasiliense Carneiro, administrador de empresa que en la actualidad se dedica al desarrollo humano, nos muestra cómo funciona:

Cuando tenía veintidós años me embarqué como tripulante en una travesía con un velero. De Ilhabela al Caribe, bordeando la costa brasileña, éramos siete tripulantes; del Caribe a África y de vuelta a Brasil, sólo cuatro. Convivir con otros jóvenes en un barco de doce metros de eslora fue una experiencia muy intensa, y a lo largo de aquel año de viaje desarrollamos un espíritu de equipo muy fuerte.

Sin confianza aquella aventura no hubiera sido posible. Primero, la confianza de nuestros padres, que nos dejaron embarcar, a pesar de que éramos jóvenes entre los diecinueve y los veintitrés años de edad. Después, la confianza del propietario del velero, que nos lo cedió. Y, finalmente, la confianza entre nosotros, los tripulantes, que fue creciendo con la experiencia de planear y hacer las cosas juntos.

Durante los seis meses previos a la partida recibimos formación de un navegante experto y de médicos que habían participado en cruceros de este tipo. La estrategia del grupo preveía que en algún momento los tripulantes pudieran realizar todas las tareas, pero al comienzo del viaje cada uno tenía funciones específicas, según sus conocimientos. Yo, por ejemplo, que no tenía demasiada experiencia en navegación, me encargué de cuidar de la salud de mis compañeros y de la logística de la alimentación. Trabajábamos siempre en pareja, para que uno aprendiera del otro y lo ayudara, hasta que el equipo maduró; en ese momento cada uno de nosotros estaba en condiciones de llevar el barco solo, pues durante la noche hacíamos relevos en turnos de tres horas para que todos pudiéramos dormir.

No fue un proceso tan lineal como describo, también hubo momentos difíciles. Después de pasar por Fortaleza la tripulación se dividió. Tres querían dirigirse hacia la isla del Diablo, en la Guayana Francesa; otros tres querían ir directamente al Caribe, y al último le daba igual. Al final decidimos poner rumbo a la Guayana, pero, con todo, quienes habían insistido en hacer este trayecto desconfiaban de los otros tres, los que querían seguir hacia el Caribe, y temían que durante la noche cambiaran el rumbo. Yo mismo me desperté algunas veces de madrugada sólo para comprobar si el compañero que manejaba el timón seguía la dirección correcta. Hubo momentos de duda, de preguntarse si el otro haría finalmente lo que se había acordado. Los tres que abandonaron el barco se sentían demasiado incómodos para continuar.

Después de todas estas experiencias fuimos capaces de generar la confianza suficiente para poner el barco en manos del otro y también para cuestionarlo cuando era necesario. Si yo no estaba seguro del rumbo que seguía mi compañero durante la noche, por ejemplo, tenía libertad para expresarle mi preocupación. Él, por su parte, asumía mi inquietud con naturalidad, discutíamos la situación y llegábamos a un consenso. Llegamos a un punto en que la integración y la confianza eran tales que no nos hacía falta ni hablar, simplemente sabíamos lo que cada uno tenía que hacer.

No me cabe duda de que la confianza es un elemento fundamental en cualquier relación, y eso implica tener una postura de honestidad, aceptar al otro tal como es y ser receptivo. Aquel viaje en barco, hace veinte años, significó una nueva referencia del trabajo en equipo para mí.

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