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Fluir con la vida (I)

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Fui testigo de la lucha de mi madre para criar a nueve hijos y crecí con la creencia de que podemos, sí, vencer con honestidad, fe y esfuerzo. Mi primera experiencia como emprendedora fue a los quince años, cuando tuve que hacerme cargo con otras dos de mis hermanas de la panadería de la familia al morir mamá. Ya llevaba enferma algún tiempo y el negocio casi se va a pique, pero conseguimos levantarlo. Después lo dejé para seguir iniciativas propias y me fue muy bien. Reconozco en mí el talento para emprender.

En la década de 1990 tenía una agencia de líneas telefónicas y medio millón de dólares. Un amigo me propuso participar en un negocio de factoring y, entusiasmada con la posibilidad de nuevos beneficios, no me lo pensé dos veces: invertí todo lo que tenía. Poco después, la empresa sufrió un descalabro y perdí lo que había invertido. Fue un golpe tremendo, pero no me di tiempo ni para lamentarme. Tenía que trabajar para pagar el salario de mis empleados a final de mes. Por fortuna, en aquel momento la compañía telefónica Telesp me concedió las líneas de teléfono móvil que había comprado meses antes, y con la venta financiada de esas líneas comencé a trabajar con teléfonos celulares, que en aquella época iban muy buscados. Volví a ganar dinero y a salir del apuro. Poco después, mi ex socio en la empresa de factoring compensó parte de mis pérdidas con un terreno en zona industrial y empecé a levantar cabeza.

Años después compré un salón de belleza en un barrio rico de São Paulo y le pedí a una amiga que se asociara conmigo. Como en aquellos momentos tenía que resolver un tema judicial, puse el local a nombre de mi amiga. Levanté el negocio y, cuando ya funcionaba a las mil maravillas, decidí pasar a otra cosa. Pero todo iba a nombre de ella… Y otra vez, un disgusto. Aquello me afectó mucho y pasé un tiempo inactiva, pero volví a levantar cabeza y seguí adelante. Ya había caído y me había levantado otras veces, así que sabría recuperarme. Además, tenía mucha fe en Dios e intuía que algo aprendería de todo ello, aunque no supiera qué.

Busqué asesoramiento profesional y, con el tiempo, entendí la lección. Yo era demasiado impulsiva, tenía prisa por aprovechar las oportunidades y ‘hacer que las cosas ocurrieran’, y debía aprender a reflexionar y analizar las situaciones para evitar decisiones precipitadas. También me molestaba mucho exigir documentos y garantías a mis socios, porque no quería que pensaran que no confiaba en ellos. Claro que, en el mundo de los negocios, las sociedades tienen que tener normas y compromisos claros —al pan, pan, y al vino, vino—, todo formalizado y bendecido, por el bien de las dos partes.

A pesar de todo lo que me ha ocurrido no me siento maltratada por la vida. Comprendo que necesitaba estos desengaños para madurar y que, a pesar de todo, siempre surgirán nuevas oportunidades para recuperarme. Sigo confiando en mí misma y no he dejado de confiar en los demás, aunque sepa que ese, el de la confianza, es el punto débil de muchos. Además, estoy convencida de que cuando tenemos confianza en nosotros mismos y en la vida lo tenemos todo.

Este caso, narrado por la emprendedora Sindai Araújo, es un buen ejemplo de lo que denomino ‘fluir con la vida’.

(fragmento del Capítulo 3 del libro Confianza, la clave para el éxito personal y empresarial‘ de Gasalla y Leila Navarro)

Continuará…

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Fluir con la vida (II)

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Aunque estemos utilizando nuestros talentos y cumpliendo nuestros propósitos, aunque confiemos en nosotros mismos y tengamos creencias compatibles con la realidad que deseamos vivir, aun así pueden surgir problemas y crisis. La cuestión, para evolucionar, es encarar nuestros infortunios no como zancadillas del destino, sino como oportunidades para aprender. En esto consiste fluir.

Veo una estrecha relación entre el fluir y la conciencia de que la vida la gobierna una inteligencia benigna, cuyas leyes facilitan el equilibrio y la evolución continua. Así veo a Dios. Hay quien cree en un Dios que nos pone a prueba, pero no es mi caso. No creo que Él se levante de mal humor el lunes y diga: ‘Hoy tengo ganas de perjudicar a Leila’. A decir verdad, siempre esperé lo mejor de la vida, porque creo que nací para ser feliz y que el Universo conspira a mi favor. Lo cual no significa que la existencia sea siempre un lecho de rosas. Surgen crisis, dificultades y problemas, sí, creados muchas veces, además, por nosotros mismos. Sea como sea, entiendo que estas situaciones también son benignas, porque nos hacen crecer.

Como dice Humberto Maturana, el ser humano aprende a través de la curiosidad o del dolor. La curiosidad proporciona respuestas: es lo que nos incita a entender el porqué de las cosas. Y el dolor, por ser una sensación que no aguantamos demasiado tiempo, nos obliga a tomar una determinación. Su función es hacernos conscientes de aquello que necesitamos cambiar en nuestra vida o en nosotros mismos. Podemos ver que, en el caso de Sindai, lo que provocó las dos grandes crisis en su trayectoria de emprendedora fueron su temperamento impulsivo y la falta de asertividad con relación a los socios. Hay momentos en los que la impulsividad nos lleva a tomar decisiones erróneas y la falta de asertividad nos convierte en rehenes de la voluntad de terceros. En el caso de Sindai, superó la primera crisis con confianza en sí misma y una inquebrantable fe. Pero no aprendió la lección. Siguió actuando a impulsos y a expensas de sus socios, lo que provocó la segunda crisis. Fue entonces cuando se preguntó qué podía aprender de aquella situación, obtuvo la respuesta y dio un salto evolutivo.

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Es una lástima que, a diferencia de ella, muchas personas se pasen la vida obteniendo los mismos resultados indeseables sin cuestionarse qué deben hacer para romper ese patrón… Yo ya no pierdo el tiempo peleando con la vida. Cuando las cosas no van como a mí me gustaría enseguida me pregunto: ‘¿Qué me puede enseñar lo ocurrido?’ Confío en la inteligencia que gobierna el Universo y sé que siempre me dará lo que es mejor para mí; así pues, veo la crisis como una oportunidad y la aprovecho para crecer.

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