El trabajo disfraza la desconfianza


gasalla jose maria gasalla

En el ambiente de trabajo la desconfianza acostumbra a estar más disfrazada, pero no por eso deja de existir. La intensa competencia por el poder y el ascenso en la jerarquía de las empresas hace del colega de nuestra mesa de al lado nuestro adversario potencial y del jefe, un obstáculo a ser superado. ¿Somos cooperativos, participativos y comprometidos como quieren las organizaciones? Sí, sí, pero no mucho. Al final, en el mundo corporativo, en el que reina la ley de ‘cada uno a lo suyo por si acaso’, no compartir todo lo que se tiene, no decir todo lo que se sabe y no creer en todo lo que se oye son estrategias de supervivencia. ¿Y podría ser de otra forma, si la propia organización también da a entender que no confía plenamente en nosotros? Si confiase no habría tantos controles, reglas y procedimientos a seguir.

Como si todo esto no bastase, la tónica del mundo moderno es el cambio en ciclos cada vez más cortos. Lo que hoy es podría dejar de serlo mañana, todo se transforma de una hora a otra provocando ansiedad e incertidumbre respecto al futuro. Nuestra falta de confianza se vuelve contra instituciones, gobiernos, planes, proyectos, acuerdos, y hasta contra nosotros mismos, pues también nos vemos afectados por la velocidad de los cambios y muchas veces dudamos en nuestra capacidad de adaptarnos a las nuevas circunstancias para continuar teniendo éxito o simplemente sobrevivir. Es preciso estar atento, pues hasta en aquello que parece no sospechoso puede haber alguna amenaza a nuestra estabilidad y seguridad.

En este contexto, hablar de confianza parece una contradicción, ya que confiar significa abrir nuestras defensas y controles, colocar nuestros recursos a disposición del otro y creer que no se va a aprovechar de ello para sacar ventaja sobre nosotros ni perjudicarnos. Significa creer en los discursos y promesas que nos hacen, ¡y eso es todo lo que queremos!

Lo que ocurre es que tanta falta de confianza, que se manifiesta en una actitud de desconfianza, tiene serios efectos colaterales. La desconfianza aísla a las personas, impide que se experimente y arriesgue, restringe su desarrollo. Al limitar el crecimiento personal y profesional de los individuos, acaba también comprometiendo los resultados de las organizaciones, que cada vez más necesitan de personas dispuestas a asumir riesgos, abiertas a nuevas experiencias, creativas, entusiasmadas y con iniciativa. Desconfianza es, en fin, un juego de suma negativa, en el cual no hay ganadores. O peor, en el cual todos pierden: pierde quien desconfía y pierde quien es objeto de desconfianza. Pero ¿las cosas pueden continuar así? Los dos estamos convencidos de que no.

En este libro defendemos la tesis de que debemos recuperar la confianza, y señalaremos algunos caminos que nos puedan llevar a conseguirlo, pues entendemos que es el factor decisivo del rendimiento de profesionales y organizaciones en un mundo globalizado. En el ámbito personal, la confianza predispone a soñar con objetivos más elevados, ser más osado, enfrentar retos, asumir riesgos, desarrollarse, crecer. En la esfera organizacional, estimula a las personas a relacionarse de manera más abierta y franca, compartir experiencias y conocimientos, comprometerse con los objetivos de la empresa, involucrarse en la solución de problemas y participar en los procesos decisorios.

Ante la realidad que vivimos, confiar es lo opuesto a aquello que el sentido común nos aconseja hacer, es nadar a contracorriente. Pero, por increíble que pueda parecer, justamente nadando contracorriente podemos llegar más rápido y con menos esfuerzo a nuestros objetivos.

(fragmento del Capítulo 1 del libro ‘Confianza, la clave para el éxito personal y empresarial‘, de José María Gasalla)

Continuará…

, , , ,

  1. No hay Comentarios
(No será publicado)