Confianza, desconfianza y modelos de éxito


modelo de gestion por confianza jose maria gasalla

Identificarse con modelos

Construimos nuestra personalidad, la imagen que proyectamos al mundo, al mismo tiempo que desarrollamos nuestra autonomía y nuestra confianza. Se trata de un proceso en el que recibimos también la influencia de los demás: nos definimos según lo que digan de nosotros y, al mismo tiempo, los utilizamos como espejo para definirnos.

Parece exagerado afirmar que lo que los demás digan de nosotros nos define, pero así es. Ya a temprana edad escuchamos a las personas más cercanas a nosotros decir que hemos salido al padre o a la madre, que no nos parecemos en nada a nuestro hermano mayor o que somos tímidos, listos, llorones, traviesos, formales… cosas así. También nos dicen cómo debemos ser y nos señalan modelos de conducta: ‘¿Por qué no escribes con una letra tan bonita como la de tu prima?’, ‘Deberías ser tan bueno como tu amiguito’, ‘¿Lo has visto?, aquel niño no ha llorado nada cuando le han puesto la vacuna’.

De tanto escuchar sugerencias de cómo debemos ser, las asumimos. No todas, claro, pero sí muchas de ellas. A fin de cuentas, tenemos la necesidad de ser amados, de que nos reconozcan, y si para ello es preciso actuar de esta o de aquella manera, ¡adelante! Los modelos de conducta que adoptamos al principio de nuestra existencia son muy importantes, porque nos ayudan a estructurar comportamientos socialmente adecuados, a distinguir entre lo que es correcto de lo que no lo es, en fin, a disponer de parámetros de actitud.

Llega un momento, no obstante, en que debemos revisar los modelos de conducta: es la adolescencia, que Erickson denominó fase de identidad-confusión. Rompemos con la idea de que somos los ‘niños de papá y mamá’, nos volvemos rebeldes, cuestionamos todo lo que nos han enseñado y rechazamos que nos controlen. En nuestro interior nos preguntamos quiénes somos, pues intentamos encontrar nuestra identidad y nuestros ideales. Ojalá en esa añorada época hubiéramos tenido madurez suficiente… Pero lo que ocurre es que seguimos aferrados a modelos, tal vez ya no de conducta, pero sí de éxito.

Aunque nos estemos convirtiendo en adultos, no por ello dejamos de necesitar que nos acepten y nos reconozcan. Y no sólo por la familia, también por la sociedad. Estamos condicionados a mirarnos en los demás y seguimos eligiendo modelos que sirvan de referencia para nuestra identidad. Soñamos con ser la chica escultural que aparece en la portada de las revistas, la famosa actriz que vive un romance de cuento de hadas, el músico de rock o el jugador de fútbol que ganan montañas de dinero. Aunque estemos muy lejos de esos modelos, intentamos al menos tener algunas de sus características, el corte de pelo o la manera de vestir.

Pasan los años y a estos modelos incorporamos nuevas cualidades, que reflejan nuestros nuevos intereses. Y llegamos a la edad adulta con el deseo de conseguir los mismos resultados que las personas de éxito, las más adineradas y admiradas, que son una referencia para nuestra vida.

Recetas de éxito

La cuestión de los modelos de éxito está estrechamente unida a la de la confianza, aunque a primera vista no lo parezca. Cuando utilizamos el éxito de otros como referencia en nuestra vida, tendemos a hacer lo mismo que ellos para alcanzar ese éxito. ¿Tenemos como modelo el ejecutivo que gana tantísimo dinero y tiene tanto poder? Desarrollamos entonces las habilidades que él tiene y trabajamos al menos doce horas diarias, ya que para llegar a lo más alto él trabajó mucho. ¿Es el profesional de fama reconocida que da conferencias y escribe artículos en la prensa? Asistimos a los cursos que da, leemos los libros que recomienda y nos relacionamos con las mismas personas de su networking. ¿Es el empresario que empezó de cero y construyó un imperio? Tenemos que conocer su trayectoria de vida e inspirarnos en las lecciones que nos proporciona.

Pero ¿seguir la receta de estos modelos de éxito nos garantiza alcanzar buenos resultados? No es lo que parece. Las clases de MBA y los postgrados de las universidades están repletas de profesionales que anhelan la dirección de la empresa para la que trabajan, pero ¿cuántos de ellos lo conseguirán realmente? Miles de empresarios se han leído los libros de Jack Welch, el legendario presidente de General Motors, pero ¿cuántos de ellos lograrán que sus negocios crezcan espectacularmente?

El hecho es que, a pesar de todos nuestros esfuerzos, no siempre las cosas van como habíamos planeado. Como no puede ser de otro modo, porque intentamos vivir la vida de otros en lugar de la nuestra. Nos dedicamos a desarrollar los talentos de otros, no a reconocer y trabajar los nuestros. Utilizamos soluciones que sirvieron para problemas ajenos en lugar de crear las que nos son útiles. Perseguimos las oportunidades que otros aprovecharon y somos incapaces de ver las que surgen para nosotros.

Si a esto sumamos la falta de confianza en nosotros mismos el resultado es inevitable: nos encontramos con demasiadas dificultades, la vida no fluye y el éxito no llega. Nos preguntamos entonces por qué las cosas no funcionan y las respuestas que obtenemos sólo son el eco de viejas creencias que adquirimos acerca de nosotros y de nuestra vida. ‘Sólo unos pocos alcanzan el éxito’, ‘No soy suficientemente bueno’, ‘Los demás me impiden progresar’, ‘No tengo suerte’, ‘La vida es dura’, etc.

La falta de confianza y la identificación con modelos nos impiden obtener los resultados deseados, lo cual confirma nuestras creencias negativas, lo cual reafirma la falta de confianza, lo cual nos impide alcanzar resultados…

Romper el círculo

Si tenemos en cuenta que el comportamiento que acabamos de describir es aplicable al ser humano común y corriente —y que somos casi siete mil millones en el planeta— no es de extrañar que en nuestro mundo sea tan difícil construir y mantener relaciones basadas en la confianza.

Vivimos en un mundo que ha crecido a una velocidad de vértigo, y que ha hecho crecer, en la misma proporción, la idea de que no hay recursos ni oportunidades para todos. Cada vez hay más competencia, y por todo: por dinero, empleo, poder, información, clientes, influencia, fragmentos de mercado, liderazgo, mejores condiciones de vida. Y complica aún más la situación el hecho de que las cosas suceden cada vez más rápido, y tantos cambios provocan inseguridad e incertidumbre respecto al futuro.

Vivimos, por todo ello, en permanente estado de alerta y adoptamos actitudes defensivas para no salir perjudicados ni vernos superados por la competencia. Nuestra falta de confianza se generaliza y se extiende a extraños, a compañeros de trabajo, al gobierno, a las instituciones, a los proyectos, a las empresas, a los cambios; en resumidas cuentas, a cualquier cosa que pueda representar algún tipo de amenaza a nuestra estabilidad o seguridad.

Y de este modo hacemos de la desconfianza una muralla para que nos separe de los peligros del mundo exterior. Pero ¿hasta qué punto nos protege y hasta qué punto nos aprisiona? Mientras vivimos seguros en su interior, ¿qué nos estamos perdiendo del exterior? ¿Podremos ser personas confiadas, realizadas y felices en los límites de nuestra muralla o para serlo deberemos aventurarnos más allá?

La situación es, como poco, contradictoria, porque en la medida en que seamos desconfiados para no quedarnos atrás no conseguiremos tirar hacia delante. La desconfianza nos aconseja quedarnos en los límites de lo conocido, evitar riesgos y cerrarnos a los demás, mientras que el mundo de hoy —sobre todo por lo que respecta a la carrera profesional— nos exige abrirnos a lo desconocido, valentía para arriesgarnos e integrarnos con los demás. Basta con ver el perfil profesional que las empresas prefieren para su personal: gente con iniciativa, flexible, con buenas relaciones, emprendedora… ¿Pertenecen estas cualidades a una persona confiada o a una desconfiada?

Si bien es cierto que desean profesionales que confíen en sí mismos, por lo general las empresas no confían ni inspiran confianza, pero de eso hablaremos en detalle más adelante. Podríamos argumentar que un clima de desconfianza en una organización es como un jarro de agua fría para cualquiera, porque de poco sirve ser confiado cuando nadie está dispuesto a confiar en nosotros. El problema es que este planteamiento no hace más que perpetuar el círculo vicioso de desconfianza en nuestro mundo. Mientras sigamos pensando que «nadie merece mi confianza, yo no confío en nadie y nadie confía en mí», seremos como el perro que se revuelve para morderse la cola sin llegar a ninguna parte.

Debemos romper este círculo, y lo conseguiremos a partir de nosotros mismos, de nuestro interior. La empresa, la comunidad y la sociedad sólo son grandes espejos colectivos que reflejan los problemas y las contradicciones de cada uno de nosotros. Debemos recuperar la plenitud de nuestra autoconfianza y dejar de proyectar desconfianza en los demás y en la vida.

(fragmento del Capítulo 2 del libro ‘Confianza, la clave para el éxito personal y empresarial‘, de José María Gasalla)

Continuará…

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