Autoconfianza, creencias y opiniones adquiridas


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Autoconfianza

Después de la fase de confianza básica, las tres que siguen, según mi modo de ver, son básicas para adquirir confianza en uno mismo. Una es la fase de autonomía-vergüenza, que va de los dieciocho meses a los tres años, más o menos. En ella adquirimos el control motor y desarrollamos habilidades básicas, lo que genera un sentimiento de autoestima. Empezamos a manifestar abiertamente nuestra voluntad y nos enfrentamos a nuestros padres: nos negamos a comer determinados alimentos, no queremos ir a la cama demasiado pronto, decimos que no a todo y nos volvemos obstinados y malcriados. Es normal que sea así porque estamos desarrollando nuestra autonomía y ejercitando el poder de elegir. Los psicólogos dicen que si a un niño se lo reprime mucho en esta fase o se le fuerza a adquirir el control motor —si se lo obliga a dejar los pañales antes de que controle sus necesidades fisiológicas, por ejemplo— es posible que desarrolle un sentimiento de vergüenza y duda respecto a sus capacidades.

A esta le sigue la fase de la iniciativa-culpa, que va de los tres a los cinco o seis años. A esta edad comenzamos a desear ser como los adultos y, al mismo tiempo, nos hacemos más independientes de ellos. Nos ponemos la ropa de nuestros padres y los imitamos en sus trabajos, jugamos a las casitas y a ser superhéroes, queremos conducir coches. La identidad sexual y el complejo de Edipo también tienen lugar en esta fase, y nos ‘enamoramos’ del padre o de la madre. Es importante que nuestros deseos y objetivos no sean reprimidos en esta etapa, porque de ese modo desarrollamos el sentimiento de culpa.

Tenemos también la fase de la realización-inferioridad, de los seis a los doce años, en la que iniciamos la educación formal, comenzamos a adquirir conocimiento, resolver problemas y realizar tareas. Nos produce mucha satisfacción construir cosas y que nos reconozcan nuestras capacidades. En esta delicada etapa, en la que empiezan a adquirir importancia las relaciones sociales, los demás son una referencia para nosotros. Por eso, dependiendo del tipo de interacción que tengamos y de las respuestas que obtengamos de los otros, podemos desarrollar sentimientos de inferioridad y de inadecuación.

Impresiona mirar atrás y comprobar por cuántos desafíos hemos pasado, ¿verdad? Lo cierto es que debemos desarrollar la confianza instintiva con que nacemos para ser capaces de confiar en nosotros mismos. Pero pueden ocurrir muchas cosas que entorpezcan la adquisición de autoconfianza y autoestima. No es de extrañar que tanta gente no tenga suficientemente desarrollados estos atributos, y eso es un problema mayor de lo que parece, porque la falta de confianza en uno mismo compromete la confianza en general. Si no confiamos en nosotros mismos nos sentimos vulnerables ante los demás y nos cuesta confiar en ellos; asimismo, nos resulta difícil alcanzar nuestros objetivos, sufrimos fracasos y dejamos de confiar en la vida. Lo cual refuerza la falta de autoconfianza, que nos lleva a desconfiar de los demás y de la vida… y se instaura así en nosotros una espiral de desconfianza.

Creencias y opiniones adquiridas

Si a las consideraciones de la psicología añadimos lo que dice la neurociencia tendremos una visión más amplia de las causas de los problemas de autoconfianza. Según la neurociencia, nuestro cerebro lleva un registro de todo lo que grabamos en él, sea verdadero o falso, positivo o negativo, y a partir de esos registros formamos creencias que influyen en nuestras creencias y opiniones.

Al principio de la vida el cerebro es como el disco duro de un ordenador completamente vacío. Y a medida que crecemos y tenemos las típicas experiencias de prueba y error de la infancia, grabamos en ese disco el feedback que recibimos de las demás personas. Pueden ser respuestas positivas y alentadoras, como ‘no importa que hayas tirado la leche, limpiamos el suelo y te tomas otro vaso’ o ‘no pasa nada, la próxima vez te saldrá bien’ o ‘eres inteligente, estudia un poco más y sacarás mejores notas’. Pero también pueden ser respuestas funestas para la autoconfianza; se nos cae la leche y escuchamos: ‘¡eres un manazas!’; cometemos un error y nos dicen: ‘eres incapaz de hacer las cosas bien’; sacamos malas notas y nos advierten: ‘si no te va bien en la escuela, cuando seas mayor nunca tendrás un buen trabajo’.

Lo que también nos influye, y mucho, son las creencias y las opiniones que absorbemos del entorno en el que vivimos, sobre todo del hogar. Pasar la infancia escuchando expresiones como ‘la vida es dura’, ‘nacemos para sufrir’, ‘cuando es mucha la limosna, el santo desconfía’, ‘no se puede confiar en nadie’, ‘es imposible ser feliz todo el tiempo’, ‘la suerte sólo sonríe a algunos’ y cosas por el estilo, basta para hacernos dudar de nuestra capacidad de alcanzar el éxito y de confiar en los demás.

(fragmento del Capítulo 2 del libro ‘Confianza, la clave para el éxito personal y empresarial‘, de José María Gasalla)

Continuará…

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